Notas y fotos de Santa María de Poblet

Posted on 09/03/2013

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Aquí no soy un turista. Tampoco, por supuesto, un monje. Los turistas pasean por el claustro, rara vez más de media hora, en parejas, familias o en grupos con guía, asomándose al refectorio o la biblioteca, fotografiándose junto a la fuente, haciendo todo eso que, durante la mayor parte del tiempo, es mi trabajo. Los monjes me resultan inseparables del monasterio, de la arquitectura y de la vegetación. Cuando me cruzo con ellos, van con paso rápido, dejando ver que, aunque no corra prisa, tienen una tarea. Ni turista ni monje, entonces. La palabra que me asignan aquí es “huésped”. Para los monjes que pasan aquí la vida, la duración de la estancia en el monasterio del huésped es apenas imperceptiblemente mayor que la del turista. Su presencia sólo se hace más evidente por su torpeza para adaptarse al funcionamiento de la comunidad: sus equivocaciones al entrar o salir de la iglesia o al elegir dónde sentarse, la imprecisión al desgranar las notas del canto gregoriano… Sin embargo, no se adivina fastidio ninguno en los tropezones o las correcciones. El huésped vive de la hospitalidad de los monjes y ésta es, en todo momento, franca y carente de cualquier afectación.

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Durante los almuerzos y las cenas, tras la oración inicial, comemos en silencio, escuchando la lectura que un monje hace del libro de Michael Ramsey El Evangelio y la Iglesia Católica. Sin embargo, la primera noche que paso en el monasterio, tal vez por ser domingo, escuchamos música. El responsable de la bendición anuncia también de qué música se trata y quién es el intérprete, como si se tratase de un locutor de radio: los capricci para clave de Girolamo Frescobaldi.

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¿Menos cuarto o la Santísima Trinidad?

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Durante las horas centrales del día, el monasterio está dividido en dos partes: la abierta al público y la clausura. Los monjes permiten a los turistas la visita del núcleo monumental del complejo: la iglesia y el claustro. Desde éste, los visitantes pueden además asomarse al refectorio, a la biblioteca, a la antigua cocina o al Capítulo. La clausura la forma, aparte de los edificios donde residimos monjes y huéspedes, un conjunto de patios, pasadizos, escaleras, capillas y claustros menores que, desde que llego, comienzo a explorar.

Al terminar el horario de visitas, las puertas que separan ambas partes se abren y la distinción desaparece. Los monjes reocupan el territorio robado por el turismo. Posiblemente, a lo largo de mi vida, vuelva a tener muy pocas experiencias que me causen la misma impresión que pasear por el claustro central del monasterio en plena noche, tras el rezo de Completas.

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La extrema codificación de cada detalle de la vida cotidiana es tal vez el único camino que me ha sido dado hacia la felicidad.

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Inevitablemente, estos días me traen a la memoria los famosísimos versos de nuestra buena madre Teresa, que de joven solía recitarme a menudo y cuyo recuerdo, desde entonces, va y viene según me hagan más o menos falta.

Nada te turbe.
Nada te espante.
Todo se pasa.
Dios no se muda.
La paciencia
Todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
Nada le falta.
Sólo Dios basta.

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Temprano de mañana, entre los Laudes y la Misa, paseo por el claustro. Llueve con fuerza. Alrededor del ciprés –enhiesto surtidor de sombra y sueño…-, una bandada de aves revolotea. Se posan en las ramas más altas, seguramente buscando refugio de la lluvia, y, en seguida, vuelven a volar, tengo la impresión de que asustadas por el viento que las agita. Durante un rato repiten el proceso, comprobando una y otra vez que, en esta ocasión, el árbol no les sirve de refugio, y, al mismo tiempo, gravitatoriamente encadenadas a él.

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