Las cantatas fúnebres de Bach (II): Actus Tragicus

Posted on 21/02/2013

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De nuevo nos encontramos ante una obra maestra absoluta. Si en el post anterior descubría una de las piezas más maravillosas de Bach, el motete BWV 118. O Jesu Christ, mein’s Lebens Licht, hoy toca una de las primeras cantatas de Bach y una de mis favoritas desde hace años, la famosísima Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit, también conocida como Actus Tragicus.

Escuché esta cantata por primera vez en la formidable versión de Cantus Cölln mientras visitaba la catedral de Saint Magnus en Kirkwall, capital de las Islas Orcadas. No sé si fue entonces cuando hice la foto que copio a continuación, ya que desde entonces se me ha concedido la felicidad de volver allí en muchas otras ocasiones, pero el día era muy similar y recuerdo haber escuchado la voz de Stephan Schrekenberger cantando Bestelle dein Haus; denn du wirst sterben und nicht lebendig bleiben. mientras paseaba entre las lápidas del cementerio.

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La catedral de Saint Magnus, uno de los centros de gravedad de mi gps interior

2. Una introducción a BWV 106. Gottes Zeit ist die allerbeste Zeit (Actus Tragicus)

Es probable que esta cantata proceda del periodo en que Bach reisdió en la ciudad de Mülhausen. Dürr sostiene que pudo haber sido escrita poco después de BWV 131, todavía en 1707, es decir, cuando el compositor tenía apenas 22 años. Es también posible, que la obra fuera escrita para el funeral de Tobias Lämmerhirt, tío de Johann Sebastian.

El texto de la cantata está compuesto fundamentalmente de fragmentos de la Biblia y de himnos luteranos. Este collage constituye una reflexión sobre las diferencias entre la concepción de la muerte bajo la Ley y bajo el Evangelio. La primera parte, se centra en la inevitabilidad de la muerte, mientras que la segunda trata ésta como momento del cumplimiento de la deseada unión con Cristo. La cantata termina con un coro en alabanza de la Santísima Trinidad.


La cantata en la versión de Ton Koopman.

La cantata comienza con una deliciosa sonatina instrumental con una instrumentación de cámara absolutamente atípica en la producción bachiana: dos flautas dulces, dos violas de gamba y bajo continuo. Le sigue un coro con la estructura de un motete tripartito que siempre me ha parecido especialmente efectivo, con su paso de su primera parte homofónica al allegro en fuga. El aria para bajo que sigue la chacona para tenor es uno de los primeros arias de Bach y se acerca bastante al modelo operístico de las cantatas de madurez.

Verdaderamente prodigioso es el motete que sigue, formado de una riquísima textura de capas de voz que anuncian la inevitabilidad de la muerte mientras la soprano pide a Jesús que venga ya. Se trata, sin duda, de una de las cumbres compositivas del compositor, que con los años llegaría a adquirir mayor madurez, pero no mayor profundidad.

A este movimiento le sigue un aria para alto que remite a la música sacra del siglo XVII y un arioso del bajo que interrumpe el alto que, sin que el bajo deje de cantar, recita, acompañado por las violas de gamba, recita la coral Mit Fried und Freud. Estamos de lleno en el campo de la Nueva Alianza, donde la muerte no es fatalidad sino promesa. Y, en este momento, el cumplimiento de esta promesa se vive con una serenidad imponente.

La cantata concluye con una coral que alterna la que llegará a ser habitual exposición de cada verso en un arreglo en cuatro partes separado por breves episodios instrumentales hasta que, de pronto, el último verso se transforma en una fuga que alcanza un jubiloso clímax final.

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