Triunfo del Tiempo y del Desengaño

Posted on 11/02/2013

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Hace tiempo que, siempre que bajo a Madrid, es para asistir al triunfo del tiempo y del desengaño. Ayer, sin embargo, lo hice para asistir al Triunfo del Tiempo y el Desengaño -así, con mayúsculas y cursiva de título-, el oratorio que Handel compuso en Italia en 1707 a partir de un libreto del cardenal y mecenas Benedetto Pamphili.

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Handel, con tan sólo 22 años, acababa de instalarse en Roma, donde pronto se ganó fama como teclista y compositor, despertando el interés de los cardenales Colonna, Ottoboni y Pamphili. Éste último -poeta, teólogo, filósofo y mecenas- había ya escrito el texto de diversos oratorios de naturaleza moral que habían recibido músicas de Alessandro Scarlatti, Alessandro Melani, Bernardo Pasquini y Antonio Maria Bononcini, hermano de Giovanni Battista, el que habría de convertirse en célebre enemigo de Handel años más tarde en Roma dando lugar a los clásicos personajes Tweedledum y Tweedeldee. El Trionfo habría de convertirse por tanto en el primer oratorio que compuso Handel, un género enormemente popular en Roma desde que Inocencio XI prohibiera la ópera en la ciudad santa y del que habría de convertirse en maestro absoluto ya en Londres.

El libreto de Pamphili es el clásico texto imbuido de la retórica moralizante de la Contrarreforma, cuyos excesos romanos probablemente le hicieran a Handel la gracia justa, pero para el que compuso una partitura absolutamente deliciosa, de enorme riqueza tímbrica e inventiva melódica y al que fue capaz de dar vida y drama. Entre los momentos especialmente memorables se encuentran la sonata que surge mediada la primera parte y que habría de convertirse en el primer concierto para órgano de la historia -otro día habré de escribir aquí sobre los conciertos para órgano de Handel, que tanto han hecho por mi felicidad-, el cuarteto Voglio tempo y Lascia la spina, que, en la adpatación que hiciera años después para su ópera Rinaldo, se ha convertido en una de las arias más célebres y emocionantes de la historia de la música.

Poco sabemos del estreno de este oratorio, durante la cuaresma de 1707, pero es probable que la orquesta del cardenal estuviera dirigida ese día por Arcangelo Corelli y que fuera durante los ensayos cuando, enfrentándose a la obertura francesa que Handel había escrito para la obra, Corelli le dijera las famosas palabras: Ma, caro Sassone, questa musica è nel stylo francese, di ch’io non m’intendo. Handel habría escrito entonces la sonata corelliana que abre la obra.

Anoche, en el Auditorio Nacional, la Freiburger Barockorchester bajo la dirección de René Jacobs ofreció una vibrante versión del oratorio. La verdadera ristra de arias y recitativos fluyó con un ritmo prodigioso gracias a una orquesta de formidable precisión (y aquí podéis colocar la típica metáfora de motores alemanes y de Mercedes Benz), jugando con falicidad prodigiosa con los aceleramientos y detenciones súbitas de la partitura, con sus fortíssimi y sus piani. Los cuatro solistas estuvieron también formidables: Sunhae Im con la deliciosa ligereza a la que nos tiene acostumbrados; Jeremy Ovendem con profundidad y nobleza; Christophe Dumaux verdaderamente prodigioso, con idéntica intensidad en todos los registros, algo poco habitual en los contratenores, y Julia Lezhneva, absolutamente sublime, convirtiéndose en la verdadera protagonista de la noche con una voz de extraordinaria nitidez y expresión.

El público, que había castigado la representación con la habitual retahíla de toses incontinentes y que amenazó con aplaudir tras Lascia la spina a pesar de la petición de Jacobs de que no lo hicieran, celebró el final del concierto con una ovación extraordinaria. Los recortes fueron la causa probable de que la organización escatimara los ramos de flores a los intérpretes. Pero ninguna de estas cosas mermaron la naturaleza memorable de la velada.

Escucha aquí una versión completa del oratorio interpretada por el Gabrielli Consort.

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