¿Qué se celebra el Día de la Reforma?

Posted on 30/10/2012

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I.

La concepción popular de la historia gusta de fechas y gestos capaces de señalar el instante preciso de cambios fundamentales para la humanidad. La conquista de una ciudad -mucho más si va acompañada de una frase memorable de quien la gana o la pierde-, una batalla o incluso el discurso de un general antes de la batalla, el asesinato o la ejecución de un personaje histórico por secundario que sea son a menudo los momentos que terminan por representar el inicio o el final de una época. Por eso, la concepción popular de la historia considera que la Reforma Protestante comenzó el 31 de octubre de 1517, víspera de la festividad de Todos los Santos, a eso del mediodía. A esa hora, el monje benedictino Martín Lutero clavó en las puertas de la fachada norte de la iglesia del castillo de Wittenberg un folio con lo que hoy se conoce como Las 95 tesis y cuyo nombre completo es Disputa sobre el poder y eficacia de las indulgencias.

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Martín Lutero por Lucas Cranach

Algunos historiadores han negado que este hecho ocurriera realmente. El único relato del gesto de Lutero nos ha llegado a través de Melanchton, de quien sabemos con certeza que no llegó a Wittenberg hasta un año más tarde. Otros historiadores afirman que, si no hay constancia ninguna del suceso, no es porque no sucediera, sino porque se trataba de algo completamente habitual: cuando algún teólogo de la universidad de la ciudad quería proponer un tema de debate, clavaba un folio con el resumen de su argumento en la puerta de la iglesia para que los restantes teólogos tuviesen la oportunidad de familiarizarse con él. De modo que, si el hecho ocurrió, queda así desprovisto de todo su carácter polémico o extraordinario.

Sea como sea, la disputa sobre la venta de indulgencias ha quedado como símbolo de la ruptura de Lutero con la Iglesia y como inicio de la Reforma. La realidad, por supuesto, es mucho más compleja.

II.

En 1516, el papa León X había enviado a Alemania al dominico Johann Tetzel con la misión de recaudar dinero, mediante la venta de indulgencias, para la construcción de la nueva Basílica de San Pedro en Roma. Para entender la práctica de la venta de indulgencias tenemos que situarla en el contexto de la teología del Purgatorio. Podemos rastrear la creencia en el Purgatorio ya en el siglo VI, pero no fue hasta finales de la Edad Media cuando la Iglesia elaboró toda una homilética del Purgatorio que se popularizó enormemente por toda Europa: la creencia en un estado temporal intermedio entre la salvación y la condenación donde las almas, mediante sufrimientos terribles que los predicadores describían en sus sermones con todo lujo de detalles, se purificaban de sus pecados antes de ser dignas de entrar en el cielo. Las indulgencias permitían, mediante el pago de dinero a la Iglesia, reducir el tiempo de permanencia -propio o de los seres queridos- en este lugar terrible.

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Grabado de Jörg Breu el Viejo (Augsburg, alrededor de 1530) que muestra una escena de venta de indulgencias

Lo extendido de la creencia en el Purgatorio entre el pueblo hacía enormemente popular la práctica de la compra de indulgencias, que funcionaba como una superstición que tranquilizaba la conciencia de los pecadores. Sin embargo, al mismo tiempo, constituía una entre las muchas causas del creciente descrédito de la Iglesia. El desconcierto generado por las luchas internas en la cúpula de la institución -que habían culminado con el Cisma de Occidente entre los siglos XIV y XV-, la generalización de la corrupción moral en el seno de esa misma cúpula y en muchos de los monasterios de toda Europa y el estado de abandono de las iglesias parroquiales, carentes de interés en una Iglesia organizada por y para las órdenes religiosas y la nobleza habían generalizado el descrédito de la institución. No faltaron intentos de reforma en el contexto del cristianismo humanista y así -y no como un gesto de ruptura- es como hay que ver el gesto y el texto de Lutero: como algo no muy distinto de la obra de Erasmo de Rotterdam, de Tomás Moro o del mismísimo cardenal Cisneros.

En esencia, las tesis de Lutero remitían a dos argumentos. En primer lugar, el cobro de indulgencias por parte de la Iglesia explotaba al ya de por sí empobrecido pueblo alemán. De ser consciente de esta pobreza, sostiene Lutero, el Papa preferiría ver su basílica en ruinas antes que reconstruirla con “la piel, la carne y los huesos de sus ovejas”. En segundo lugar, el Papa carecía de autoridad sobre el Purgatorio y, en consecuencia, de capacidad de apresurar la salida de las almas de él.

El tono del texto de Lutero sirvió para que su fama se extendiera en el contexto del creciente nacionalismo alemán y de la antipatía de los alemanes hacia Roma. Lutero, en un gesto de ingenuidad política, se dirigió a Alberto de Brandeburgo, arzobispo de Maguncia, solicitándole su apoyo. Éste, que se llevaba una comisión de todas las ventas de indulgencias y que tenía una deuda enorme con el Papa por la dispensa que le había concedido para ocupar el cargo, remitió el caso a Roma pidiendo el castigo del monje rebelde. La condena sólo se hizo esperar porque León X tenía problemas mayores que resolver y uno de ellos precisamente afectaba a Lutero. El Papa quería impedir -no sin sus razones, como se demostró años más tarde durante el Saqueo de Roma- que Carlos V fuera elegido emperador y apoyaba al Príncipe de Sajonia, que a su vez protegía a Lutero. Eso hizo que la sentencia condenatoria se retrasara hasta junio de 1720, con Carlos ya coronado emperador. El día 15 de ese mes la bula Exurge, Domine condenaba a Lutero y lo declaraba hereje. En un gesto mucho más significativo que el que abría este post, Lutero quemó públicamente la bula.

Todos los puentes quedaban cortados y lo que había empezado como una propuesta de reforma de una práctica corrupta se convertía ahora en un proyecto de reconstrucción total de la teología y la Iglesia.

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