Algunas consideraciones sobre el año litúrgico

Posted on 19/09/2012

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[Este post es una elaboración de ideas que aparecen en el primer capítulo del libro Analyzing Bach Cantatas de Eric Chafe.]

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Fruto de una evolución que dura varios siglos y que termina su consolidación a finales de la Edad Media, el año litúrgico es una de las construcciones teológicas más ricas de la Iglesia. Este dispositivo formidable crea un sistema cíclico anual de consideración de la vida de Cristo, los orígenes de la Iglesia y los grandes temas de la vida cristiana y lo pone en relación directa con el año geofísico y el año civil, generando una impresión de orden y recurrencia y fortaleciendo la confianza en la promesa de salvación de Dios a la Humanidad.

Comenzando durante los días más oscuros del año, el año litúrgico une la llegada de la luz de Dios al mundo a través del nacimiento de Jesús con el regreso del Sol en el solsticio de invierno. Más adelante hace coincidir el episodio central de la salvación -la muerte y resurrección de Cristo- con el equinocio de primavera, para terminar celebrando el inicio de la época del Espíritu Santo en Pentecostés y la revelación del misterio de la Santísima Trinidad en el solsticio de verano.

En la medida en que este sistema se refleja principalmente en el ciclo de lecturas de la Biblia, es natural que adquiriera especial importancia en el marco de la iglesia luterana, en cuyo núcleo teológico se encuentran la lectura e interpretación de la Sagrada Escritura. También por eso es lógico que Bach, en sus intentos de crear una “música de iglesia bien reglada”, decidiera basarse en la estructura del año litúrgico llegando a organizar sus ciclos de cantatas y el Orgelbüchlein de acuerdo con él.

El año litúrgico se divide en dos grandes bloques. El primero de ellos, el llamado Proprium Temporale, recorre la vida de Cristo, organizándola alrededor de tres pares de acontecimientos: Adviento/Navidad, Viernes Santo/Pascua y Pentecostés/Santísima Trinidad. La dinámica de este primer ciclo puede describirse como un movimiento de descenso -que comienza con la encarnación de Cristo y sigue con su muerte y sepultura-, al que sigue uno de ascenso -la resurrección y ascensión de Jesús- para culminar con un nuevo descenso simbólico, el del Espíritu Santo sobre la Iglesia, abriendo así el campo a la segunda parte del año, centrada en ella.

Durante la segunda parte del año -los llamados “domingos de después de la Trinidad”- se nos propone la consideración de “la era de la Iglesia” y de los aspectos fundamentales de la vida cristiana. En la obra de Bach este periodo parece centrarse en la naturaleza humana, en sus pasiones y su debilidad, reforzando las necesidades tanto del temor al juicio de Dios como de la esperanza de su misericordia.

Hacia el final del año litúrgico, los últimos domingos de esta segunda parte se centran en la consideración escatológica de la muerte y del final de los tiempos. Sin embargo, este último movimiento de espera del fin desemboca de nuevo en el Adviento, es decir, en otra espera: la del Nacimiento del Cristo, subsumiendo en la respuesta de Dios a la necesidad humana de salvación la circularidad del tiempo y las estaciones.

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Posted in: Materiales, Teología