De cuando Alex Ross atravesó Australia en coche escuchando las cantatas de Bach

Posted on 03/09/2012

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[Los siguientes párrafos son la traducción rápida de parte del artículo “The Book of Bach” que Alex Ross escribió para la revista The New Yorker.

Alex Ross es crítico de música clásica en el New Yorker y ha publicado los best sellers The Rest Is Noise: Listening to the Twentieth Century y Listen to This. Tiene también un blog llamado The Rest Is Noise].

Johann Sebastian Bach perdió a sus padres al cumplir los nueve años y vio morir a diez de sus hijos. Estaba, por decirlo así, acostumbrado a la muerte y tiene que haber sido extraordinariamente sensible al caos emocional que produce. El musicólogo Gerd Rienäcker ha escrito que Bach poseía lo que podríamos llamar “conciencia de la catástrofe”, una cierta sensibilidad hacia la repentina arbitrariedad que hace que el sufrimiento se abata sobre las almas confiadas. Los textos de las cantatas sacras de Bach -recientemente he terminado de escuchar las doscientas, gracias a la grabación que del ciclo ha realizado John Eliot Gardiner- apuntan a que la vida del hombre es como una niebla que cae y se disipa, que vivimos con un pie en la tumba y que aquéllos que se sientan entre nosotros como si fueran dioses también serán olvidados. El mundo es como un hospital en el que innumerables hombres, e incluso niños aún en sus cunas, yacen gravemente enfermos. A lo largo de la historia, se le ha puesto música miles de veces a las palabras Kyrie eleison -“Señor, ten piedad”-, pero en los primeros acordes de la Misa en Si Menor, el testamento de Bach, se convierten en un grito particularmente visceral, en una petición colectiva de gracia. […] Lo que nos resulta tan extraordinario de esta obra, como de otras obras maestras sacras de Bach, es que captura en igual medida lo humano y lo inhumano. En ella sentimos a la vez la mecánica ciega de la catástrofe y la desesperación de quienes se ven atrapados por ella. Tal vez, el ejemplo más estremecedor de esto se encuentre en el coro que abre la Pasión según San Juan. La orquesta comienza con un maelstrom divino: torbellinos de semicorcheas, disonancias punzantes, el zumbido constante del bajo… Por tres veces el coro grita “Herr!” -“¡Señor!”- para, a continuación, verse atrapado en el veloz ritmo instrumental, en la imagen misma de la indefensión de lo mortal.

[…]

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Más de la mitad de las cantatas sacras fueron escritas entre 1723 y 1726, cuando Bach se encontraba en los primeros años de su larga y, a menudo, insatisfactoria carrera como cantor de la Thomaskirche de Leipzig. Durante largos periodos del año litúrgico, escribió una cantata semanal y, la mayor parte de las ocasiones, rechazó el camino fácil de la adaptación de obras anteriores, ya fueran suyas o ajenas. En cambio, en lo que parece un estallido de furia creativa, experimentó con todos y cada uno de los aspectos de la forma cantata, que tradicionalmente servía como meditación musical sobre las lecturas de la semana. Encontramos coros fugados sobrecogedores, arias operísticas sublimes, interludios instrumentales frenéticos, abundancia de acordes atípicos, episodios casi irreverentes de ritmos de danza. Escuchar el corpus entero supone ser zarandeado por la energía infatigable de la imaginación bachiana. Recientemente, he escuchado alrededor de cincuenta cantatas durante un viaje de más de mil quinientos kilómetros por el interior de Australia y, lejos de sentirme saturado, me encontraba a menudo pulsando el botón de repetir. En una o dos ocasiones, tuve que parar al borde de la carretera con el rostro bañado en lágrimas.

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