¿Por qué escuchar todas las cantatas sacras de Bach en un año?

Posted on 02/09/2012

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Durante el verano de 1988, mientras estudiaba alemán en Viena, pasé muchas tardes -siempre a partir de las seis, cuando se nos permitía utlizar el tocadiscos de la sala de estar- explorando la bastante parcial pero extensa discoteca del colegio mayor donde vivía. En esos meses nació mi pasión por la música de Bach, que, entonces y por mucho tiempo, fue para mí la música religiosa vocal de Bach. Del resto de su obra sólo conocía las versiones clásicas de los Conciertos de Brandeburgo y las Suites Orquestales, que no habían de causarme gran impresión hasta años más tarde. De modo que el Bach que se convirtió entonces en mi compositor favorito fue el de los oratorios, las pasiones y las cantatas. De las pasiones, sobre todo, y del Oratorio de Navidad. No creo haber conocido entonces más de cuatro o cinco cantatas, a pesar de que en las estanterías del colegio recuerdo haber visto varios de los volúmenes de la grabación para Teldec de la integral que durante aquella década estaban realizando Harnoncourt y Leonhardt.

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La cosa no ha cambiado mucho con los años. A pesar de haber escuchado regularmente a Bach desde entonces, no creo que haya oído más de treinta cantatas a lo largo de mi vida, ni que conozca en profundidad diez de ellas. Eso aparte del puñado de movimientos sueltos que forman los Grandes Éxitos del corpus, el núcleo de the Bach experience, oídos hasta la saciedad como música de fondo en bautizos, bodas y funerales, que quedan así salpimentados con la trascendencia que les conviene. Música de parroquia y tanatorio.

Y es que la situación de las cantatas de Bach es algo complicada. Cualquiera las reconoce, junto con el resto de su obra sacra, como una de las cimas del arte occidental, como uno de los conjuntos monumentales más sólidos que ha producido nuestra civilización. Y, al mismo tiempo, las cantatas se nos presentan como un muro relativamente impenetrable. Más de doscientas composiciones -entre setenta y ochenta horas de música, según la velocidad de los intérpretes- con escasos lugares claros de entrada. Es mucho más fácil llegar a la FNAC y llevarse La Pasión según San Mateo que bucear entre los inacabables e indistinguibles volúmenes de las integrales o decidirse entre las poco coincidentes antologías de Cantatas Famosas o Cantatas Favoritas. Por otra parte, hay algo incómodo en los textos de estas obras. Algo que tiene que ver no tanto con su naturaleza religiosa, sino con el orden social y simbólico del Antiguo Régimen. Nos gusta el Bach instrumental por la complejidad matemática del contrapunto y sus mejores arias compiten con las de Händel en la expresión de pasiones que nos parecen hoy completamente modernas o, cuando menos, el origen de pasiones completamente modernas. Sin embargo, el conjunto se nos antoja excesivamente jerárquico, la construcción simbólica nos es ajena.

Y es precisamente por eso por lo que creo que es adecuado sumergirse de este modo en las cantatas de Bach: decidido a escucharlas todas y a hacerlo teniendo en cuenta la función y circunstancia para la que fueron compuestas. Si la peregrinación por el interior del corpus tiene sentido -como estoy convencido de que lo tiene-, éste se revelará o se irá construyendo, lo que a fin de cuentas es lo mismo, en el propio peregrinar. Seguramente en el camino nos esperen páramos y algunas etapas nos resulten excesivamente arduas, pero cualquiera que conozca aunque sólo sean los Grandes Éxitos antes mencionados sabe que las cantatas albergan mucha de la mejor música que se haya escrito nunca: fragmentos instrumentales de contrapunto frenético, pasajes líricos ante los que resulta casi imposible contener las lágrimas, corales serenas y firmes como un paseo matinal por el campo un domingo de junio. Muchas de las páginas más desoladas de la historia de la música se encuentran en el interior de este conjunto de piezas, así como algunas de las más capaces de generar confianza y otorgar sentido.

Aunque el único resultado de la escucha fuera descubrir estos momentos y hacernos con una antología del conjunto más amplia que la habitual, el viaje ya habría valido la pena. Y, sin embargo, estoy seguro de que dedicarle un año entero a conocer y estudiar estas obras no puede no tener consecuencias, de que por fuerza la peregrinación ha de cambiar a quien la realiza. Éste es la razón por la que quiero llevar un diario del año.

Las cantatas de Bach no sólo fueron escritas para una determinada ocasión, sino también para una determinada comunidad. Es música pública por definición. Por eso, este blog es público y, por eso, todo el mundo que le encuentre un sentido o tenga ganas de encontráselo está invitado a unirse al proyecto. Ya sea a lo largo de todo el camino, ya sea sólo en algún tramo del viaje, quien quiera acompañarme en la escucha será bienvenido. Buena parte de las condiciones materiales en las que se interpretaban estas cantatas nos son desconocidas o se han vuelto irrecuperables, pero gracias al estudio y al trabajo de músicos y musicólogos estamos seguros hoy de interpretarlas mucho más cerca del espíritu y la intención de Bach que hace décadas. Del mismo modo, las comunidades para las que fueron escritas ya no existen, pero tal vez la escucha atenta de estas piezas sea capaz de construir en torno a ellas nuevas comunidades.

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